El deshielo glaciar ya no es solamente una cuestión ambiental o paisajística: está convirtiéndose simultáneamente en un problema de agua, seguridad, infraestructura, energía, alimentación y estabilidad de las montañas. Las Cordilleras del Himalaya, los Andes y los Alpes evidencian este problema: Han empezado a cambiar drásticamente su geografía. ¿Existe la manera de revertir este proceso?

PORTADA HISPANA.-

Durante miles de años, los grandes glaciares de la Tierra han funcionado como una especie de memoria congelada del clima y, al mismo tiempo, como gigantescos depósitos naturales de agua. En las grandes cordilleras del planeta, desde el Himalaya hasta los Andes y los Alpes europeos, el hielo acumulado durante siglos regula los caudales de los ríos, alimenta ecosistemas, sostiene agricultura y generación hidroeléctrica y proporciona agua a millones de personas que viven montaña abajo. Pero esa función está cambiando con extraordinaria rapidez. Los glaciares están perdiendo masa a una velocidad que se acelera y las consecuencias ya no pertenecen solamente al futuro: aparecen en forma de retroceso de los frentes glaciares, desaparición de pequeñas masas de hielo, expansión de lagunas glaciares, desprendimientos, avalanchas, deslizamientos de roca, inundaciones repentinas y alteraciones cada vez más impredecibles de los sistemas hídricos.

La dimensión del fenómeno puede comprenderse mejor a través de una cifra. Una investigación internacional publicada en la revista Nature, coordinada por el World Glacier Monitoring Service y conocida como GlaMBIE, calculó que entre 2000 y 2023 los glaciares del planeta perdieron aproximadamente 6.542 gigatoneladas de masa, equivalentes a unos 6,5 billones de toneladas. La pérdida media anual pasó de aproximadamente 231 gigatoneladas durante 2000-2011 a 314 gigatoneladas durante 2012-2023, un incremento de alrededor del 36 %. El año 2023 fue particularmente extremo, con una pérdida estimada de 548 gigatoneladas. Para comprender la magnitud física del fenómeno, el agua equivalente a la pérdida glaciar de 2025 habría llenado aproximadamente cinco piscinas olímpicas cada segundo durante todo el año. El World Glacier Monitoring Service calcula que los glaciares perdieron otros 408 ± 132 gigatoneladas en 2025, equivalentes a unos 1,1 milímetros de aumento del nivel medio del mar.

El deshielo en el Nevado Huascarán; impulsado por el cambio climático y fenómenos como El Niño Costero, ha incrementado de forma crítica la inestabilidad de sus glaciares, provocando múltiples desprendimientos y avalanchas en la Cordillera Blanca.

La pérdida no ocurre de manera uniforme. Hay regiones donde el retroceso es mucho más acelerado que en otras y existen diferencias importantes entre glaciares incluso dentro de una misma cordillera. Pero la tendencia general es inequívoca: el planeta está perdiendo hielo terrestre. Desde 1975, la pérdida acumulada de los glaciares fuera de Groenlandia y la Antártida se aproxima a 9.583 gigatoneladas, equivalentes a unos 26,4 milímetros de aumento del nivel del mar. Seis de los años con mayores pérdidas de masa glaciar registrados desde entonces se concentran en los últimos siete años. La criósfera, es decir, el conjunto de las superficies terrestres donde el agua permanece en forma de nieve, hielo o suelo permanentemente congelado, se está convirtiendo así en uno de los indicadores más visibles de la transformación climática contemporánea.

Deshielo en el Huascarán: Solo durante el año 2026, el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (INAIGEM) ha registrado múltiples desprendimientos de hielo y nieve en la zona sur, y en el tramo entre el Campo 1 y el Campo 2 (La Garganta), un sector históricamente propenso a accidentes

El Himalaya constituye quizá la expresión más dramática de este proceso porque allí se encuentran algunas de las mayores reservas de hielo de las montañas del planeta y porque sus glaciares alimentan grandes sistemas fluviales de los que dependen cientos de millones de personas. El Hindu Kush Himalaya se extiende aproximadamente 3.500 kilómetros a través de Afganistán, Bangladesh, Bután, China, India, Myanmar, Nepal y Pakistán, y sus montañas alimentan diez de los principales sistemas fluviales de Asia. En marzo de 2026, el International Centre for Integrated Mountain Development, ICIMOD, informó que las tasas de pérdida de hielo de los glaciares de la región se habían duplicado desde el año 2000. Sus nuevos estudios indican además que los glaciares de la región han perdido hasta 27 metros de espesor de hielo desde 1975. Un informe de 2026 estima que la superficie glaciar del Hindu Kush Himalaya se redujo aproximadamente 12 % entre 1990 y 2020.

 

 

 

 

Pero el problema no consiste solamente en que exista menos hielo. Cuando una montaña pierde hielo y nieve, también puede perder parte de los mecanismos físicos que mantenían estables sus laderas. El calentamiento derrite el permafrost —el suelo o roca que permanece congelado durante al menos dos años— y modifica las relaciones entre hielo, roca y agua. El agua puede penetrar en grietas, cambiar las presiones internas, lubricar superficies y contribuir a la desestabilización de pendientes. La desaparición de nieve permanente también deja superficies rocosas expuestas a ciclos de congelación y descongelación. Por ello, una montaña que se calienta no solamente pierde un volumen de hielo: puede cambiar su comportamiento geológico.

Esta nueva realidad quedó dramáticamente expuesta el 26 de agosto de 2026 en la región del Langtang Lirung, cerca de la frontera entre Nepal y el Tíbet. Lo ocurrido no fue simplemente una avalancha convencional ni un típico desbordamiento de laguna glaciar. Investigaciones posteriores han reconstruido una cadena de acontecimientos en la que un enorme volumen de roca y hielo se desprendió de la montaña, descendió violentamente por un valle, incorporó sedimentos y agua y terminó transformándose en una poderosa inundación cargada de escombros. ICIMOD estima que aproximadamente 132 millones de metros cúbicos de roca y hielo se desprendieron de Langtang Lirung. La deformación del terreno detectada mediante el satélite Sentinel-1 llegó hasta 40 centímetros durante los 48 días anteriores al colapso.

La investigación científica posterior resulta particularmente importante porque permite comprender la relación entre cambio climático y riesgo sin caer en explicaciones simplistas. Un estudio de World Weather Attribution publicado en septiembre de 2026 concluyó que el calentamiento provocado por la actividad humana contribuyó muy probablemente a crear las condiciones que hicieron más probable el desastre. La investigación señala que el adelgazamiento de los glaciares, el deshielo del permafrost y una mayor proporción de precipitaciones líquidas en lugar de nieve modificaron las condiciones de estabilidad. Durante agosto, las temperaturas regionales fueron extraordinariamente elevadas y los investigadores estimaron que el cambio climático aportó alrededor de 1,5 °C al calentamiento observado en ese periodo. Los glaciares de la zona venían perdiendo aproximadamente medio metro de espesor por año desde 2000.

 

 

 

 

La tragedia del Himalaya también revela una característica nueva de los desastres climáticos de montaña: su capacidad para convertirse en fenómenos en cascada. Una alteración inicial puede desencadenar otra y después otra. Una pared de roca cae sobre un glaciar; el hielo se desprende; el material golpea el fondo del valle; el impacto incorpora agua, sedimentos y otros fragmentos; el cauce queda obstruido; se forma temporalmente un lago; el agua encuentra una salida; la corriente crece y arrastra puentes, carreteras, viviendas, centrales hidroeléctricas y comunidades. Lo que comenzó en una ladera situada a miles de metros de altura termina afectando territorios ubicados decenas o incluso cientos de kilómetros aguas abajo. La montaña se convierte entonces en un sistema dinámico de transmisión de riesgos.

Ritmo acelerado: Los glaciares de la región del Hindu Kush-Himalaya se están derritiendo a un ritmo sin precedentes (al doble de velocidad que hace 25 años), habiendo perdido cerca del 25% de su masa en las últimas cuatro décadas.

Los Andes presentan una situación igualmente preocupante, aunque con características propias. La cordillera atraviesa Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina y contiene glaciares tropicales, subtropicales y templados, además de los grandes campos de hielo de la Patagonia. Un estudio publicado en Communications Earth & Environment en 2025 encontró evidencias robustas de pérdida de superficie glaciar en los Andes, con reducciones de aproximadamente 30 % a más de 50 % desde la década de 1980 según las regiones, y atribuyó con alta confianza una parte sustancial de esa pérdida al calentamiento antropogénico. El mismo estudio señala que el retroceso glaciar y la degradación del permafrost han contribuido a una mayor frecuencia de determinados desastres, entre ellos desprendimientos de roca, desprendimientos de hielo, avalanchas de nieve y fenómenos capaces de desencadenar desbordamientos de lagunas glaciares.

En el Perú, la situación tiene una dimensión especialmente sensible porque se trata de uno de los países con mayor concentración de glaciares tropicales del mundo y porque buena parte de las poblaciones, actividades agrícolas, ecosistemas y sistemas hidroenergéticos dependen de las aguas de montaña. Un estudio técnico publicado por el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña, INAIGEM, en 2025 estimó que los Andes peruanos habían perdido 56,2 % de su superficie glaciar durante las últimas seis décadas. El organismo relaciona este retroceso principalmente con el aumento de la temperatura y la modificación de las precipitaciones en forma de nieve, y advierte sobre consecuencias relacionadas con los caudales, la biodiversidad, los ecosistemas de montaña y el incremento del riesgo de avalanchas y desbordamientos de lagunas de origen glaciar.

 

 

 

 

 

La importancia del Perú no es solamente nacional. Los Andes tropicales constituyen una especie de sistema regulador hídrico de las zonas occidentales y orientales de Sudamérica. En las regiones donde las precipitaciones son estacionales, la nieve y el hielo acumulados en las alturas pueden liberar agua durante periodos en los que las lluvias son escasas. Pero existe una paradoja conocida como “agua de deshielo máximo” o peak water: durante determinadas etapas del retroceso glaciar, la pérdida de hielo puede incrementar temporalmente el aporte de agua a los ríos. Después, cuando la masa glaciar disminuye demasiado, la capacidad de aportar agua durante la estación seca también comienza a reducirse. El IPCC ha advertido que muchas cuencas de montaña del mundo ya han atravesado o se aproximan a ese punto de inflexión. En los Andes peruanos, además, el retroceso glaciar puede exponer rocas que alteran la química del agua.

Durante un evento de El Niño extraordinario, el derretimiento de las cumbres nevadas se potencia debido a varios factores concurrentes:

  • Aumento crítico de la temperatura ambiental: El fuerte calentamiento de las aguas del océano Pacífico eleva la temperatura del aire en la región andina. Esto desplaza la «línea de congelación» (isoterma de 0 °C) a mayor altitud, dejando áreas glaciares expuestas a temperaturas de derretimiento.

  • Lluvias líquidas sobre el hielo: En lugar de recibir nevadas que regeneren la masa glaciar, las cordilleras sufren precipitaciones líquidas a grandes altitudes. El agua de lluvia acelera térmicamente la fusión de la nieve y el hielo.

Chile ofrece otro ejemplo de la transformación acelerada de la cordillera. Sus glaciares abarcan desde los Andes centrales hasta los grandes campos de hielo patagónicos y desempeñan funciones fundamentales en el suministro de agua, los ecosistemas y las actividades humanas. Una investigación publicada en septiembre de 2026 en The Cryosphere sobre los Nevados de Chillán documentó siete décadas de pérdida glaciar en ese complejo volcánico, mostrando la necesidad de estudiar no solamente la reducción de hielo sino también sus consecuencias hidrológicas y geomorfológicas. Al mismo tiempo, científicos chilenos han advertido que el aumento de las temperaturas puede incrementar el agua disponible dentro de los glaciares, favorecer la formación de grietas y modificar su dinámica, aumentando en determinadas condiciones la posibilidad de desprendimientos, avalanchas y grandes movimientos de hielo.

Los Alpes europeos representan otra dimensión del problema. La región es especialmente valiosa porque posee algunas de las series históricas de observación glaciar más extensas del mundo. Eso permite comparar directamente el estado actual de los glaciares con fotografías, mediciones y registros realizados durante décadas. Los resultados son contundentes. Un estudio de 2026 sobre los glaciares austríacos encontró una pérdida de aproximadamente 31 % de su superficie en las dos últimas décadas y señaló que los glaciares de los Alpes europeos perdieron cerca de 40 % de su masa entre 2000 y 2023. La situación de Suiza es todavía más reciente y reveladora: los datos publicados por ETH Zürich en octubre de 2026 muestran que los glaciares suizos perdieron más de 5 % de su volumen solamente durante 2026 y que en los últimos cinco años el país ha perdido cerca de 20 % de su volumen glaciar.

Durante el verano europeo de 2026, las consecuencias fueron visibles incluso para quienes no son científicos. En Suiza, el glaciar del Ródano alcanzó a finales de junio el denominado “Glacier Loss Day”, el momento en que desapareció completamente la capa protectora de nieve acumulada durante el invierno y quedó expuesto el hielo subyacente. Durante una ola de calor de junio, la fusión de los glaciares suizos llegó a liberar agua en cantidades equivalentes al llenado de una piscina olímpica cada seis segundos durante dos semanas, según mediciones citadas por Reuters. En algunos lugares se perdieron aproximadamente 1,5 metros de espesor de hielo en apenas dos semanas.

 

 

 

 

El Mont Blanc y su entorno han ofrecido en 2026 otra imagen del problema. El calentamiento no solamente afecta al hielo visible. También está debilitando el permafrost de las altas montañas. En agosto se registraron numerosos desprendimientos de roca en el macizo del Mont Blanc, y algunas de las rutas tradicionales de ascenso tuvieron que ser cerradas debido a las condiciones de inestabilidad. Investigaciones geomorfológicas citadas por Le Monde señalan que entre 2007 y 2024 se estudiaron aproximadamente 2.500 desprendimientos de roca superiores a 100 metros cúbicos en la región y que tanto su frecuencia como su volumen han aumentado. El calentamiento del suelo congelado actúa aquí como un factor de desestabilización que se suma a la pérdida de hielo.

Por eso es necesario cambiar la manera de hablar del deshielo. No estamos ante un fenómeno puramente visual que consiste en que “los glaciares se hacen más pequeños”. Estamos ante una transformación del sistema físico de las montañas. Cambian los glaciares, cambia la nieve, cambia el permafrost, cambian los lagos, cambia la escorrentía, cambian los ríos y cambia la estabilidad de las laderas. La montaña entera entra en un nuevo régimen climático.

La pregunta inevitable es entonces si existe una forma científica de revertir el proceso. La respuesta requiere distinguir dos problemas diferentes. El primero es detener el calentamiento del planeta. El segundo es proteger o conservar determinados glaciares frente a un calentamiento que ya está ocurriendo. En el primer caso, la ciencia conoce el mecanismo fundamental: reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero y alcanzar emisiones netas de dióxido de carbono cercanas a cero. En el segundo, existen técnicas locales que pueden ralentizar el deshielo, pero ninguna puede sustituir la reducción global de emisiones.

Esta distinción es fundamental porque no existe actualmente una tecnología capaz de reconstruir a escala planetaria los miles de gigatoneladas de hielo que se están perdiendo. Los glaciares responden al balance entre acumulación de nieve y pérdida de hielo. Si durante décadas la temperatura permanece por encima de las condiciones que permitieron su crecimiento, no basta con colocar una cubierta sobre una pequeña superficie. Para recuperar un glaciar sería necesario restablecer durante periodos prolongados un balance climático favorable a la acumulación de nieve. En otras palabras, la solución fundamental no está en “enfriar cada glaciar”, sino en reducir el calentamiento del planeta.

 

 

 

 

La ciencia, sin embargo, sí ha desarrollado técnicas para ralentizar el derretimiento en determinados lugares. Una revisión científica publicada en 2026 en iScience analiza intervenciones como la fabricación de nieve artificial, la inyección de agua para generar hielo, la compactación de superficies y la colocación de coberturas reflectantes o aislantes sobre el glaciar. Algunas de estas técnicas pueden producir reducciones importantes de la fusión a escala local. Las coberturas geotextiles, por ejemplo, han mostrado reducciones de la ablación del orden de 50 % a 70 % en superficies protegidas en determinados estudios y condiciones. Pero se trata de soluciones localizadas, costosas y difíciles de ampliar a la superficie de los grandes glaciares del Himalaya o los Andes.

Los Alpes constituyen precisamente el gran laboratorio mundial de estas técnicas. Desde hace décadas, estaciones de esquí y centros científicos han experimentado con mantas aislantes, nieve artificial y almacenamiento de nieve. En algunos glaciares se cubren pequeñas áreas durante el verano para preservar pistas de esquí, infraestructuras o zonas particularmente sensibles. Estudios sobre protección de superficies glaciares han encontrado diferencias de varios metros en el espesor de hielo entre sectores protegidos y no protegidos. Pero el propio análisis científico de estas técnicas insiste en que su eficacia es local y temporal. Una manta puede proteger una determinada superficie; no puede detener el calentamiento atmosférico de una cordillera entera.

En Suiza se está ensayando incluso una solución que parece salida de una parábola ecológica: utilizar lana de oveja para cubrir el hielo. En 2026, investigadores de la Universidad de Lausana y la organización Summit Foundation colocaron mantas de lana sobre aproximadamente 200 metros cuadrados del glaciar Tsanfleuron para estudiar si un material biodegradable puede reemplazar parcialmente los recubrimientos sintéticos utilizados tradicionalmente. Los resultados iniciales fueron comparables a los de cubiertas sintéticas, pero los propios investigadores subrayan que no se trata de una solución global. El experimento demuestra algo más importante: la ciencia puede proteger determinados lugares, pero todavía no posee una herramienta capaz de preservar a escala planetaria el sistema glaciar.

La fabricación artificial de nieve constituye otra alternativa. Al depositarse nieve sobre el hielo, se incrementa el albedo, es decir, la capacidad de la superficie para reflejar radiación solar. Una superficie blanca refleja mucha más energía que una superficie de hielo oscuro o roca, reduciendo así la energía disponible para la fusión. Experimentos y modelos realizados en los Alpes han mostrado que una cobertura artificial de nieve durante determinados periodos puede ralentizar el retroceso de algunos glaciares. Sin embargo, producir grandes cantidades de nieve requiere agua, energía, infraestructura y condiciones atmosféricas adecuadas. Por ello, puede ser útil para proteger zonas críticas, pero no representa una estrategia viable para cubrir cordilleras enteras.

 

 

 

 

Existe una segunda gran línea de acción que probablemente tendrá mayor importancia que cualquier manta o máquina de nieve: la vigilancia científica. Si no podemos impedir inmediatamente todos los desprendimientos, sí podemos intentar saber dónde aumenta el riesgo. Los satélites, radares de apertura sintética, drones, sensores GPS, estaciones meteorológicas, cámaras automáticas, modelos digitales de elevación y sistemas de inteligencia artificial permiten estudiar el movimiento de glaciares y laderas prácticamente en tiempo real. En el desastre de Langtang Lirung, por ejemplo, el análisis posterior de imágenes satelitales detectó deformaciones de hasta 40 centímetros durante las semanas anteriores al colapso. Los científicos advierten que esto no significa que el desastre pudiera haber sido predicho exactamente, pero sí demuestra que determinados signos de inestabilidad pueden ser detectables.

Aquí aparece una de las grandes tareas científicas de las próximas décadas: construir sistemas de alerta capaces de pasar de la vigilancia del clima a la vigilancia de las montañas. No basta con saber que mañana lloverá intensamente. Será necesario saber qué glaciar está retrocediendo, qué laguna está aumentando de volumen, qué ladera se está deformando, qué valle podría recibir un flujo de hielo y roca y qué comunidades se encuentran en la trayectoria. Los sistemas de alerta temprana deben integrar meteorología, hidrología, glaciología, geología, sensores remotos y comunicaciones de emergencia.

El Perú ofrece un ejemplo particularmente valioso. INAIGEM utiliza drones equipados con cámaras y GPS de alta precisión para medir cambios en el espesor y volumen de los glaciares, modelar posibles aluviones de origen glaciar y estudiar zonas de difícil acceso. También utiliza embarcaciones robóticas para medir profundidad y temperatura de lagunas y sensores que transmiten información mediante sistemas satelitales para vigilar en tiempo real cambios en el nivel del agua. Es exactamente el tipo de ciencia que puede transformar un desastre potencialmente imprevisible en un riesgo parcialmente vigilable.

En el Himalaya ocurre algo similar, pero con una dificultad adicional: las fronteras políticas atraviesan las montañas y los sistemas fluviales. Nepal, China, India, Bután y Pakistán comparten riesgos y cuencas. Una inundación originada en una montaña puede atravesar fronteras nacionales en cuestión de horas. El desastre de 2026 ha mostrado las limitaciones de los actuales mecanismos de cooperación. Nepal ha reclamado una mayor disponibilidad de datos sobre niveles de agua, glaciares y riesgos procedentes del territorio tibetano, mientras científicos de ICIMOD han insistido en que los sistemas tradicionales de alerta diseñados para lluvias y ríos no necesariamente detectan colapsos súbitos de roca y hielo.

 

 

 

 

La adaptación, por tanto, debe incluir también planificación territorial. Una comunidad situada al pie de una montaña no puede eliminar un glaciar inestable, pero puede evitar construir viviendas, carreteras, centrales o instalaciones críticas en determinados corredores de riesgo. Los mapas de amenaza deben actualizarse porque los mapas del pasado fueron elaborados bajo condiciones climáticas diferentes. Una zona que hace treinta años parecía estable puede no serlo hoy. La infraestructura del futuro tendrá que diseñarse considerando no solamente terremotos, lluvias o inundaciones, sino también la nueva dinámica de las montañas calentadas.

Y aquí aparece la pregunta mayor: ¿puede la humanidad realmente revertir el deshielo?

La respuesta científica es incómoda, pero también contiene una posibilidad. No todos los cambios que ya se han producido podrán revertirse, y algunos glaciares pequeños probablemente desaparecerán incluso bajo escenarios climáticos relativamente favorables. Existe además una inercia climática considerable. Sin embargo, cada fracción de grado de calentamiento evitada importa. El futuro de los glaciares no depende únicamente de llegar o no a 1,5 °C como si existiera un interruptor que al cruzarse hiciera desaparecer automáticamente todo el hielo. Existe una relación entre temperatura acumulada y pérdida de masa glaciar: cuanto mayor sea el calentamiento, mayor será la pérdida. Por ello, reducir el calentamiento sigue siendo decisivo incluso si algunas pérdidas ya resultan inevitables.

El informe Emissions Gap Report 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente muestra precisamente la magnitud del desafío. Con la plena aplicación de las contribuciones nacionales determinadas bajo el Acuerdo de París, las proyecciones apuntaban entonces a aproximadamente 2,3-2,5 °C de calentamiento durante este siglo, mientras que las políticas actuales conducían hacia unos 2,8 °C. El mundo, por tanto, todavía se encuentra lejos de una trayectoria compatible con el objetivo de mantener el calentamiento muy por debajo de 2 °C y realizar esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C.

La experiencia internacional sí ofrece antecedentes de acción colectiva. El Acuerdo de París constituye el principal marco mundial para reducir las emisiones y limitar el calentamiento. Más específicamente relacionado con los glaciares, Naciones Unidas declaró 2025 como Año Internacional de la Conservación de los Glaciares y estableció el 21 de marzo como Día Mundial de los Glaciares. La iniciativa reconoce que el problema no puede abordarse solamente como una cuestión de conservación de paisajes: los glaciares son componentes fundamentales del ciclo hidrológico, fuentes de agua para miles de millones de personas y reguladores de ecosistemas y actividades económicas.

La UNESCO reforzó esta perspectiva en su Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2025, dedicado precisamente a “Montañas y glaciares: torres de agua”. Según este informe, las montañas aportan aproximadamente entre 55 % y 60 % de los flujos anuales de agua dulce del mundo y alrededor de 2.000 millones de personas dependen de las aguas de montaña. El informe advierte que el cambio climático está acelerando el derretimiento de los glaciares, reduciendo la cobertura de nieve, descongelando el permafrost y aumentando determinados riesgos naturales. Bajo escenarios de calentamiento entre 1,5 °C y 4 °C, se estima que entre 26 % y 41 % de la masa glaciar de montaña podría estar en riesgo hacia 2100.

Existe así una jerarquía de soluciones. En la escala mundial, la prioridad científica es reducir emisiones de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero, transformar los sistemas energéticos, reducir la dependencia de combustibles fósiles, mejorar la eficiencia y electrificación, proteger bosques y ecosistemas y acelerar tecnologías de bajas emisiones. En la escala regional, es necesario proteger cuencas, gestionar el agua, vigilar glaciares y lagunas, reducir contaminantes como el carbono negro y establecer sistemas de alerta. En la escala local, pueden utilizarse medidas como coberturas de hielo, nieve artificial o protección de determinadas superficies cuando exista una justificación económica, ecológica o de seguridad.

Pero hay una cuarta escala que suele olvidarse: la científica. La humanidad necesita conocer mucho mejor las montañas que está transformando. Los glaciares deben ser observados como sistemas vivos dentro del ciclo del agua y no solamente como masas de hielo que retroceden. Necesitamos inventarios globales actualizados, sensores permanentes, satélites de mayor resolución, inteligencia artificial para detectar deformaciones, modelos hidrológicos más precisos y redes de cooperación internacional que permitan compartir datos rápidamente.

El deshielo también plantea una cuestión filosófica sobre nuestra relación con el planeta. Durante buena parte de la historia moderna, la humanidad imaginó la naturaleza como un escenario relativamente estable sobre el cual podía construir ciudades, carreteras, represas, industrias y economías. El cambio climático está demostrando que ese escenario también se mueve. Las montañas que parecían eternas no son inmóviles; los glaciares avanzan y retroceden; el permafrost se congela y descongela; los ríos modifican sus cauces; las costas cambian. La civilización está descubriendo que muchas de sus infraestructuras fueron construidas sobre una geografía climática que ya no existe.

 

 

 

 

Por eso, el gran desafío no consiste únicamente en salvar determinados glaciares. Consiste en conservar las funciones que esos glaciares cumplen y, al mismo tiempo, reducir la velocidad de su desaparición. Algunas masas de hielo podrán ser protegidas localmente durante décadas; otras necesitarán ser sustituidas en su función hidrológica mediante nuevos sistemas de almacenamiento de agua; algunas comunidades deberán modificar sus sistemas agrícolas; determinadas infraestructuras tendrán que trasladarse o reforzarse; y los científicos deberán anticipar riesgos que antes eran extraordinarios y que pueden convertirse en recurrentes.

La humanidad posee, por primera vez, instrumentos capaces de observar casi segundo a segundo lo que ocurre en las montañas. Los satélites pueden detectar deformaciones antes invisibles, los drones pueden medir superficies inaccesibles, los sensores pueden vigilar lagunas, los modelos matemáticos pueden simular inundaciones y la inteligencia artificial puede reconocer patrones que un equipo humano tardaría años en identificar. La paradoja es que nunca habíamos tenido tanta capacidad científica para observar el cambio de los glaciares y, al mismo tiempo, nunca habíamos generado una presión climática tan grande sobre ellos.

El problema, finalmente, no es solamente que el hielo se esté derritiendo. Es que el hielo está dejando de cumplir lentamente la función que durante siglos desempeñó en el equilibrio de las montañas y de los ríos. En el Himalaya, los Andes y los Alpes, la pérdida glaciar está modificando simultáneamente el agua, el paisaje, la geología y el riesgo. El gran desafío del siglo XXI será aprender a vivir con una cordillera que ya no se comporta como la cordillera que conocieron nuestros antepasados.

Y quizá allí se encuentre la verdadera dimensión de la crisis. No se trata simplemente de salvar una fotografía del glaciar antes de que desaparezca. Se trata de preservar una parte esencial del sistema que hace posible la vida aguas abajo. El hielo que desaparece en la montaña reaparece como agua, como inundación, como aumento del nivel del mar o como ausencia de caudal años después. La montaña no pierde solamente hielo: redistribuye sus consecuencias. La pregunta que la ciencia puede responder es cuánto, dónde y cuándo ocurrirá. La pregunta que corresponde a la humanidad es cuánto estamos dispuestos a hacer para que esa transformación no sea mayor de lo inevitable.