PORTADA HISPANA.-

 

En el marco de sus 35 años de trayectoria, Ikaro Teatro celebra una historia de creación, investigación y resistencia cultural que comenzó en Iquitos y continuó en Cusco. Sus integrantes Julio César Flórez Becerra y Carmita Pinedo Yuyarima, reflexionan sobre los desafíos del teatro independiente en el Perú, la diversidad cultural y el valor de la experiencia teatral como espacio de encuentro y aprendizaje.

¿Cómo describirías la experiencia de hacer teatro en el Perú durante 35 años? ¿Qué destacarías de esta trayectoria? ¿Cuánto ha cambiado el teatro y la escena cultural peruana desde entonces?

Hablar de hacer teatro en el Perú es un tema muy amplio. Voy a referirme al tipo de teatro que hacemos en Ikaro. Como grupo independiente, somos creadores: hacemos lo que nos interesa expresar, abordando temas históricos, de identidad cultural y equidad de género.

Entre 1991 y 1998, en Iquitos, realizamos diversos montajes: Atituyanemü Renü (Lo que veo en visiones), Hombres de arcilla, sobre la historia de Iquitos; Timareo, la memoria del olvido, sobre ritos de origen; 1,789. Una revolución universal; Don Quijote en Iquitos; Jempue, más allá de la oscuridad; Érase una vez un bosque; 500 años, entre otros.

Nuestros espacios eran las plazas, los caseríos, las orillas de los ríos, algunos auditorios y centros comunales. El núcleo de Ikaro, conformado por cinco integrantes que nos autoformábamos dentro del grupo, movilizaba a decenas de adolescentes y jóvenes que participaban con entusiasmo en talleres y montajes de varios meses.

No teníamos un espacio propio. Ensayábamos en almacenes en desuso, patios de colegios y centros comunales. Autofinanciábamos nuestras actividades. Fue fundamental el apoyo del Centro Cultural Francisco Izquierdo Ríos y de los organizadores del Festival del Libro Amazónico, a cargo del padre Joaquín García (Q. E. P. D.). También contamos con el respaldo de personas como Marina Díaz y Nancy Dantas (Q. E. P. D.). No hace falta decir que el Estado brillaba por su ausencia.

De 1999 a 2025, en Cusco, continuamos nuestra labor, priorizando el trabajo pedagógico con niñas, niños, adolescentes y jóvenes. Creamos obras como Amaru, una y mil voces y Frida Kahlo, viva la vida. También participamos en montajes épicos de gran formato, con cientos de actores, como Los Ayar Tahuantinsuyo Kamaqkuna (Los Ayar fundadores del Tahuantinsuyo), Qespiwanka Tinkuy, Túpac Amaru Vive y Kausay Paqarina (Donde nace la vida). Estos espectáculos se presentaron en complejos arqueológicos y plazas, ante cientos y miles de espectadores.

Cuando nos iniciamos, en 1991, vivíamos años turbulentos de violencia política, social y económica. En medio de un conflicto armado, como grupo de teatro no podíamos permanecer ajenos a esa realidad. Dimos toda nuestra fuerza para defender la vida y la creación artística.

Hoy, después de 35 años, los grupos de teatro independiente, a lo largo y ancho del país, sostenemos nuestro trabajo artístico a fuerza de combinarlo con empleos de medio tiempo. Las pocas salas hacen malabares para sobrevivir, y los grupos seguimos navegando contra la corriente.

¿Cómo es hacer teatro en las regiones? ¿Qué diferencias y qué aspectos en común has encontrado haciendo teatro en Lima, la sierra y la selva?

Una vez que tienes una obra creada, es difícil mantener su circulación. Después de una temporada corta, muchas veces ya no tienes público. También hay dificultades para cobrar por las entradas, porque parte del público se ha acostumbrado a los espectáculos gratuitos.

Dicho esto, hay agrupaciones que dependen de los estímulos económicos del Ministerio de Cultura y buscan espacios para presentar sus obras gratuitamente, porque cuentan con subvenciones. Además, hay pocas salas debidamente equipadas para espectáculos teatrales.

En las diferentes regiones siempre me ha sorprendido la proliferación de grupos de teatro joven, y eso es bueno. Sin embargo, muchos son efímeros: no tienen continuidad y desaparecen poco después de haber nacido. En determinadas circunstancias hay una efervescencia de encuentros, festivales e intentos de organización, pero luego se diluyen sin dejar una huella que contribuya a perfilar una identidad regional.

Son pocas las agrupaciones que resisten el paso del tiempo. En nuestro recorrido por diferentes regiones, he constatado que algunas se han reducido a una o dos personas, mientras el resto son jóvenes que están en proceso de aprendizaje. Sobreviven luchando por mantener vigentes sus creaciones, pese a no contar con apoyo.

Existe un Movimiento de Teatro Independiente que organiza muestras regionales y nacionales, así como talleres de capacitación. Es un bastión que mantiene vivos los ideales de libertad en la creación.

 

 

 

 

 

Hacer teatro primero en las regiones y después llegar a Lima, una ciudad más urbana y con mayor público, parece seguir la lógica de la migración hacia la capital. ¿Se refleja esto en el teatro? ¿Cómo se manifiesta en la temática y en los personajes? ¿Tienen algún proyecto sobre migración o interculturalidad?

En el caso de Ikaro Teatro, como actor tuve diez años de formación en Lima: primero, haciendo teatro en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y, luego, como integrante del grupo Raíces.

Después de esa experiencia, me enraicé en Iquitos, bebiendo de las fuentes de la cultura amazónica. Más adelante retorné a Cusco, de donde soy originario, para seguir bebiendo de mis fuentes primigenias: la cultura andina.

Nuestra diversidad cultural como país siempre está presente en nuestras creaciones. En el teatro, la migración también se manifiesta como un fenómeno multidimensional y dinámico, de intercambio, aprendizaje y nuevas oportunidades económicas.

Pero también se produce un fenómeno inverso, como lo planteamos en nuestra obra Conjuros al Viento. La protagonista es una joven indígena que vive conflictuada en la ciudad y retorna a su lugar de origen en busca de su abuela, curandera de su comunidad. A través de un ritual con ayahuasca, busca reencontrarse con su identidad.

Esta historia representa una realidad compartida por miles de migrantes que encuentran en sus fiestas tradicionales y costumbres un camino de retorno y reconocimiento de su pertenencia a una comunidad, ya sea andina o amazónica.

 

 

 

 

¿Cuál es la propuesta de Ikaro Teatro para el arte, la cultura y la pedagogía? ¿Qué puedes contarnos sobre el teatro colectivo de gran escala en espacios abiertos? ¿Han realizado presentaciones en otros países? ¿Cómo ha sido la recepción de su propuesta de presentar una cosmovisión andino-amazónica?

Nos autodefinimos como un teatro vivo que defiende la vida y la libertad de crear, y que lucha por la construcción de una sociedad justa y digna para el ser humano.

Investigamos una metodología acorde con nuestras necesidades. Somos autodidactas por principio.

En el ámbito pedagógico, en nuestros talleres con niñas, niños y adolescentes priorizamos principios que definen nuestra propuesta: el juego como vehículo, y el cuerpo, la voz y las emociones de los participantes como ejes fundamentales de búsqueda para la creación. A ello se suma la creación colectiva como principio para el montaje teatral.

Desde nuestra experiencia en Iquitos, los montajes colectivos de gran formato parten de temáticas míticas, rituales e históricas. Es el propio espacio escénico el que determina los elementos que se utilizarán en la puesta en escena.

Por ejemplo, para Don Quijote en Iquitos utilizamos la cuadra 2 de la calle Morona. Los balcones se convirtieron en escenarios y el público se ubicó a lo largo de toda la calle para presenciar el espectáculo.

En Kausay Paqarina, en cambio, utilizamos las terrazas del Parque Arqueológico de Tipón: los andenes, la fuente ceremonial y los acueductos. Lo más importante fue poner en valor el culto ancestral del agua y, desde esa memoria, invitar a reflexionar sobre la problemática medioambiental de nuestro tiempo.

Para seguir aprendiendo, hemos asumido los Tinkuy -encuentros- como una forma de intercambio. Viajamos a otros lugares para encontrarnos con hermanos y hermanas que hacen teatro en distintas regiones del Perú y en otros países. Hemos realizado presentaciones e intercambios en Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia y Brasil.

Estos encuentros nos permiten compartir nuestras experiencias, aprender de otras culturas teatrales y continuar enriqueciendo nuestra propuesta artística. América Latina es diversidad y dialogamos interculturalmente desde nuestras propias identidades.

 

 

 

 

 

¿Puedes contarnos algo de las obras que estarán en cartelera por el 35.º aniversario de Ikaro Teatro?

Conjuros al Viento cuenta la historia de una joven amazónica que emprende un viaje de retorno para reencontrarse con sus raíces a través de un ritual ancestral, guiada por su abuela, curandera de la comunidad.

Amaru, una y mil voces nos presenta el momento decisivo en que Túpac Amaru II enfrenta el destino de la rebelión que remeció las estructuras coloniales.

Por su parte, Frida Kahlo, viva la vida, del autor mexicano Humberto Robles, nos habla del cuerpo sufriente que se expresa en la búsqueda de la libertad, de la identidad que se defiende y de la creación como acto de resistencia.

Son tres obras que condensan nuestros 35 años de resistencia cultural y de lucha por la vida y la creación. Y esta trayectoria merece una celebración que compartiremos con el público a través de una temporada teatral los días 7, 8, 14 y 15 de noviembre, en el Centro Cultural Maguey, ubicado en el Jr. San Martín N.º 600, en San Miguel.

Agradecemos a nuestros hermanos de Maguey por acogernos en su sala y hacer posible este encuentro. Los invitamos a compartir con nosotros esta celebración y a conocer el trabajo de Ikaro Teatro.